En Puerto Vallarta no hay tucanes en vida silvestre. No pertenecen a sus ecosistemas, no cumplen ninguna función ecológica local y no existen registros que los ubiquen como especies nativas de la región. En ecología, cuando un organismo ajeno se introduce en un sistema que no le corresponde, no se le celebra: se le reconoce como una invasión. No por maldad, sino porque altera el equilibrio. Algo muy similar ocurre cuando ciertos actores políticos irrumpen en la agenda ambiental local sin historia, sin conocimiento del territorio y sin intención real de asumir responsabilidades legales.
Los Arcos de Mismaloya llevan casi medio siglo protegidos solo en el papel. La declaratoria de 1975, hoy jurídicamente rebasada, fue convenientemente ignorada por administraciones que prefirieron el silencio antes que la planeación, y ahora es utilizada como telón de fondo por quienes descubrieron de pronto la “defensa ambiental”. Sin programa de manejo, sin zonificación, sin límites de uso y sin vigilancia efectiva, hablar de protección es una ficción administrativa. Y fingir protección es una forma sofisticada de abandono.
La ley ambiental es clara: la conservación se construye con instrumentos vinculantes, no con símbolos ni discursos reciclados. Hábitat crítico, acuerdos de destino, actualización del estatus de protección y control estricto de impactos son obligaciones, no opciones. Todo lo demás —imágenes, comunicados, poses— es propaganda. La propaganda no protege ecosistemas; solo protege carreras políticas.
Pero el problema no termina ahí. Lo ambiental es apenas el síntoma visible de una descomposición social y política más profunda. Puerto Vallarta viene de un gobierno municipal que dejó una ciudad más desigual, más desordenada y más frágil. Servicios públicos colapsados, planeación urbana inexistente, precariedad laboral y una dependencia turística que concentra riqueza y distribuye precariedad. Ese es el verdadero legado. Y frente a ese escenario, el discurso verde funciona como anestesia: distrae, suaviza y oculta responsabilidades.
En ecología, las especies invasoras prosperan donde el ecosistema ha sido debilitado. En política ocurre lo mismo: el oportunismo florece donde las instituciones están erosionadas y la ciudadanía está cansada. Cuando la gente pierde la confianza, el símbolo sustituye al contenido y la consigna reemplaza a la política pública. No se gobierna: se ocupa espacio.
La analogía es incómoda, pero inevitable. Así como una invasión biológica desplaza especies nativas y rompe equilibrios, la invasión política desplaza a la ciudadanía del centro de las decisiones y secuestra causas legítimas para convertirlas en mercancía electoral. No llega para restaurar el sistema, llega para explotarlo. Y una vez dentro, deja más ruido que soluciones.
Puerto Vallarta no necesita redentores tardíos ni defensores de ocasión. Necesita autoridades que asuman el costo político de gobernar con ley, ciencia y responsabilidad social. Porque la conservación no es un accesorio discursivo ni la justicia social un tema secundario. Son obligaciones del poder público.
La mayor amenaza para Puerto Vallarta no es una especie que no pertenece a su ecosistema. Es una clase política que tampoco pertenece a un proyecto serio de ciudad, pero insiste en habitarlo, explotarlo y abandonarlo cuando deja de ser útil. Y como en cualquier sistema natural, tolerar una invasión solo conduce a un colapso más profundo, más costoso y mucho más difícil de revertir.
– Rojo.