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El Partido Verde rompió con Morena en el discurso, pero en los hechos dejó de ser aliado para convertirse en operador del proyecto naranja. Una traición que se consolidó desde el cierre de la elección pasada, con el acuerdo Lemus–Munguía.

Aquí no hay ideología (si alguna vez la hubo), hay conveniencia. Mientras a nivel nacional el Partido Verde mantiene acuerdos con Morena, en Jalisco actúa como pieza funcional del gobierno de Pablo Lemus Navarro. No es una contradicción, es una estrategia bien planeada y pactada.

El Congreso lo confirma. Lo que comenzó como una bancada menor del Verde terminó fortaleciéndose con legisladores que llegaron por Morena y hoy operan en sentido contrario. No fue un accidente político, fue una reconfiguración calculada. El resultado es un bloque que acompaña, sostiene y evita cualquier ruptura real con el Ejecutivo estatal y sus iniciativas.

Pero esto no solo ocurre en el Congreso, también se refleja en el territorio. Y ahí aparece Vallarta.

Con Luis Munguía, el Verde no solo gobierna un municipio, administra un punto estratégico para los intereses del estado. Turismo, inversión, territorio, visibilidad nacional y negocios. No es cualquier alcaldía. Es una plataforma política altamente conveniente para el proyecto naranja.

Lo que se ha construido durante meses no es una alianza formal, es algo más eficaz para sus intereses partidistas. Un acuerdo conveniente, sin firma, sin costo público y con beneficios compartidos. Movimiento Ciudadano conserva el control del Ejecutivo; el Verde consolida presencia territorial y legislativa bajo una narrativa de “colaboración”. Y ambos evitan confrontarse donde realmente importaría, tanto en el Congreso como en los municipios.

En ese esquema, la oposición se diluye. No porque no exista, sino porque se negoció bien, en lo municipal, en lo estatal y, en algunos casos, incluso en lo nacional.

El problema no es que haya acuerdos políticos o cabildeo. El problema es que se presenten como competencia u oposición cuando, en realidad, funcionan como una coordinación. Así, la ciudadanía vota pensando en alternancia y termina validando continuidad, tanto estatal como municipal.

Puerto Vallarta queda atrapado en esa lógica. Se gobierna bajo una narrativa de autonomía política que no se sostiene en los hechos. Lo que hay es alineación, no contraste. Y cuando no hay contraste, no hay contrapesos.

Morena, mientras tanto, enfrenta su propia incoherencia. A nivel nacional necesita al Verde. A nivel local, no realmente. Y, además, el Verde decidió desde hace tiempo jugar en otra cancha. La pregunta no es si lo va a permitir, sino cuánto le va a costar seguir ignorándolo. Amiga, date cuenta…

Y esto no va solo para Morena, sino también para todo el equipo político naranja (davalistas, mochilistas y nuevos perfiles que buscan una oportunidad), quienes también fueron sacrificados en la crónica de esta traición anunciada de los naranjas, a su propio equipo.

Rumbo a 2027, el escenario es claro, no se trata solo de quién ganará, sino de quién ya está acomodado desde ahora. Y en ese mapa, Vallarta no es un territorio en disputa.

Es un territorio ya integrado a un modelo Verde–Naranja, donde el poder no se confronta, se administra entre aliados que públicamente no lo son, pero que en los hechos ya se repartieron Jalisco, y particularmente Puerto Vallarta.

La pregunta final es, ¿Morena y el resto de los partidos lo van a permitir?

Por admin

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