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El agua que llega a miles de hogares en el Área Metropolitana de Guadalajara está bajo cuestionamiento, no por una declaración oficial, sino por evidencia técnica generada fuera del gobierno.

Un diagnóstico ciudadano presentado el 24 de abril por el Instituto Mexicano para el Desarrollo Comunitario, la Red de Monitores del Agua y académicos de la Universidad de Guadalajara y el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente documentó la presencia de bacterias fecales, metales y, sobre todo, una falla crítica en la desinfección del agua en distintas zonas de la ciudad.

El estudio analizó 42 muestras en 25 colonias de Guadalajara, Zapopan y Tonalá. En ellas se detectó E. coli en puntos como Zalatitán y concentraciones fuera de norma de plomo en zonas como El Fresno y alrededores del Parque Rojo. Pero el dato más preocupante no es la contaminación puntual, sino la ausencia casi total de cloro residual: 41 de las 42 muestras no tenían ningún nivel de desinfección, lo que implica que el agua pierde su protección sanitaria durante su tránsito por la red operada por el SIAPA.

A pesar de estos hallazgos, la Secretaría de Salud Jalisco mantiene que no existe una alerta epidemiológica, bajo el argumento de que no hay un repunte estadístico de enfermedades asociado al consumo de agua. Sin embargo, el propio titular de la dependencia reconoció que el agua de la red en México no está diseñada para consumo directo, una afirmación que contradice la expectativa básica de un servicio público que debería garantizar condiciones mínimas de potabilidad.

La COPRISJAL sostiene que sus monitoreos se encuentran dentro de parámetros, pero no ha transparentado de manera suficiente los datos que respalden esa afirmación frente a los resultados obtenidos por laboratorios independientes. La consecuencia no es menor: hoy coexisten dos versiones incompatibles sobre un recurso esencial, una institucional que minimiza el problema y otra ciudadana que lo documenta.

El conflicto no se limita a la calidad del agua en la red doméstica. En paralelo, una jueza ordenó la reapertura de investigaciones por posibles delitos ambientales vinculados al sistema hídrico, mientras que en Tlaquepaque se presentaron 15 denuncias por descargas ilegales de aguas residuales en el Arroyo Seco, un foco histórico de contaminación que sigue impactando a colonias densamente pobladas. La alcaldesa Laura Imelda Pérez Segura ha señalado que estas prácticas evidencian fallas estructurales en la gestión del agua, no incidentes aislados.

Lo que emerge no es una declaratoria oficial de crisis, sino algo más complicado, la evidencia suficiente para cuestionar la confiabilidad del sistema, sin una respuesta institucional proporcional. Los datos ciudadanos no permiten afirmar que toda el agua del AMG esté contaminada, pero sí demuestran que existen zonas con riesgos reales y que la red presenta vulnerabilidades que no están siendo comunicadas con claridad.

El problema ya no es solo técnico. Es de confianza. Porque cuando el agua que sale de la llave depende de a quién se le cree, el sistema dejó de garantizar certeza. Y sin certeza, el derecho al agua deja de ser un hecho para convertirse en una duda cotidiana.

Por admin

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